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EL PERDÓN ES EL CAMINO DEL AMOR

Por J. Guillermo Peña Escalante


Es un hecho psicológico que el ser humano desea el perdón en algún momento de su vida, en ocasiones cuando la muerte se aproxima, cuando su corazón está más abierto al amor: sin embargo, qué difícil es perdonar.

Nos es difícil perdonar porque no sabemos amar, nuestro egoísmo es más fuerte; nuestro odio, nuestro rencor nos hacen sentir que fuimos demasiado lastimados para poder perdonar, sin darnos cuenta de que es el miedo, lo que realmente no nos deja perdonar.

Miedo al qué dirán, miedo a que piensen que somos débiles, miedo a que sigan “abusando” de nosotros, siempre es un miedo inconsciente que nace de nuestra falta de amor a nosotros mismos. No es malo tener miedo, lo importante es vencer el miedo; aprender a crecer desde él mismo, y para ello, es necesario hacer un análisis sincero de nuestro temor a perdonar.

Ese miedo es nuestra falta de Fe, de desconocimiento al Amor de Dios, el cual nos mandó a su Hijo. Jesucristo Nuestro Señor, como un verdadero “Caudillo Salvador”, ya que la iniciativa del perdón viene de Dios, es obra de Dios, por eso ese perdón nos lo concede en Cristo. “Pues en Cristo, Dios reconciliaba al mundo con Él”, (2 Co 5, 19), es el fruto de su muerte en la Cruz como un sacrificio expiatorio.

Sólo cuando conocemos esta verdad podemos cambiar el miedo por la Fe, la fe da fortaleza para poder enfrentar nuestros temores; la fe nos deja ser humildes y nos permite conmovernos de nosotros mismos, para así comprender a nuestros semejantes y sin temor seguir la enseñanza de Jesús que nos dice: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen”. (Lc 6, 27- 28).

Sólo venciendo el miedo podemos reconocer nuestro egoísmo y fortalecer nuestra convicción. Podemos obrar en armonía con el Espíritu de Dios e iniciar el camino del Amor que nos conduce al perdón. “Y darán gracias al Padre, que nos preparó para recibir nuestra parte de la herencia reservada, a los santos en su Reino de luz. Nos arrancó del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino de su Hijo amado”. “En Él nos encontramos liberados y perdonados”. (Gal 1,12- 14).

El Egoísmo:- Todo hombre, mujer, niño o anciano, no importa la edad, que sólo busca su bien olvidándose de los demás, está escuchando la voz de su egoísmo, lo que ocasiona lesiones en los derechos de los demás.

Cuando perseguimos bienes individuales o defendemos nuestros intereses no nos percatamos del mal que ocasionamos a nuestros semejantes, les cerramos caminos y les damos motivo para que de alguna manera nos “ofendan”. Cuando nos ofenden, ese egoísmo se torna en “amor propio”, y es entonces cuando el amor al otro es imposible; y por tal motivo es más imposible perdonar, pues ha herido nuestro amor propio, nos sentimos deshonrados. ¿Cómo perdonar?
El perdón es absurdo, se nos pide un imposible, es algo que pensamos que no se puede realizar, el perdón es algo impracticable, contradictorio y vacío para nuestro amor propio “herido y lastimado”, desde el fondo de nuestro corazón.

Esta conclusión es válida para el amor propio, pero cuando cambiamos nuestra actitud de egoísmo, de ese amor propio por el amor a uno mismo, donde el respeto por la vida que poseemos es lo más importante, pues reconocemos que somos “imagen y semejanza de Dios”, (Gen 1, 26), y que nuestro prójimo tiene esa misma esencia divina, entonces podemos también amarlo y en consecuencia perdonarlo, no sin antes habernos perdonado nosotros mismos.

El egoísmo podemos vencerlo a través del amor a uno mismo en donde la compasión es una proyección de Amor que nos conduce a la caridad pura, donde el perdón no se da esporádicamente o a medias, sino como una forma permanente.

El perdón sí puede ser una forma permanente de vida, cuando hemos dominado el miedo, podemos combatir nuestro egoísmo desde el punto de la fe, conscientes de que Fe es la demostración evidente de realidades. La Fe verdadera no es credulidad, sino más bien es conocimiento de hechos y apertura de corazón para seguir el camino del Amor, el camino del perdón, en donde San Pablo nos dice: “Al que cree de corazón, Dios lo recibe; y el que proclama con los labios, se salva” (Ro 10, 10), así pues, despojémonos del egoísmo, del amor propio y abramos nuestro corazón al amor a uno mismo, al amor a nuestros semejantes y el Amor a Dios, para que desde el fondo de nuestro corazón, nuestros labios proclamen el perdón, sin odio ni rencor.

“Pues todos pecaron y a todos les falta la Gloria de Dios: y son rehabilitados por pura Gracia y bondad, mediante el rescate que se dio en Cristo Jesús. Pues a Él Dios le había destinado ser la víctima que, por su Sangre nos consigue el perdón: y esto es cuestión de Fe” (Rom 3, 23- 28).

Odio y rencor.- ¿Qué es el odio? ¿qué es el rencor? Te lo has preguntado alguna vez, o simplemente te has dicho que odias a un semejante y sientes mucho rencor hacia él. Lo que hace imposible que le perdones la ofensa, el ultraje o el mal que según tú te causó.

El odio es un sentimiento carente de Amor, que nos hace mirar con disgusto o con ira a nuestros semejantes, genera una antipatía que nos hace aborrecerlos; y en nuestro corazón es como una herida que no puede sanar, es un recuerdo latente que nos lastima constantemente.

El rencor, es un resentimiento producto del odio, que nos torna vengativos y que a través del tiempo nos crea enfermedades como la depresión, el cáncer, la diabetes, úlceras del alma motivadas por ese deseo mal sano de vengarnos, en vez de perdonar.

El perdón es el camino del Amor, y el hombre honrado perdona la ofensa de un traidor, de un asesino, porque el odio, el rencor no caben en su noble corazón, pues sólo la nobleza y el Amor pueden sustituir el odio y rencor.

El hombre se sublima en el Amor que es la filiación con Dios, pues el nos creó con Amor, en el Amor y para el Amor; y el perdón es un crecimiento espiritual que cura todo mal. Cuando sentimos que alguien nos lastima, nos ofende, recordemos a Cristo, que fue sacrificado y los ahí reunidos que lo habían condenado esperaban verle gritar: Séneca nos dice que los crucificados maldecían el día de su nacimiento, escupían a sus verdugos y a los que los miraban. Cicerón nos dice que en ocasiones les cortaban la lengua para evitar sus blasfemias, por ello todos esperaban el grito de Jesús crucificado, los fariseos y los escribas estaban seguros de que olvidaría lo que Él mismo había dicho: “Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores” (Mt 5, 44), pues el dolor que provocaban los clavos al atravesar los pies y las manos, desvanecería esa idea.
Pero Jesús de la misma manera que algunos árboles olorosos perfuman el hacha que los corta, el gran Corazón de todos los corazones exclamo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), Él perdonó a todos aún a los que sí saben lo que hacen cuando la soberbia no les permite abrir su corazón al perdón.

“Dejen que su mente se haga mas espiritual, para que tengan nueva vida, y revístanse del hombre nuevo. Este es al que Dios creó a su semejanza, dándole la justicia y la santidad que procede de la verdad” (Ef 4, 23- 24).

La soberbia.- es la soberbia un orgullo excesivo del amor propio que nos arrastra a no sentir compasión por nadie, denotando menosprecio por nuestro prójimo, envenena el alma y nubla el entendimiento, lo que hace alejarnos del deseo ferviente del perdón.

La soberbia nos finge ser dioses, intocables, sin una actitud de apertura hacia la redención; fue la soberbia lo que llevó a aquellos grandes espíritus encabezados por Lucifer, a ser ángeles caídos; por la soberbia quisieron ser dioses, quedando reducidos a dioses falsos.

La soberbia es superioridad formada de la envidia, en donde el ser humano trata de estar encima de los demás, y por ello el perdón no es concebible y es aquí en la misma cumbre del poder donde se hace consciente toda la plenitud de la angustia, puedes caer en un estado de depresión extrema, pues el hombre no puede detenerse, su dimensión es ir más allá de cualquier otro, su objetivo es el enfrentamiento con Dios.

Y Jesús dice: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”, pero el perdón de Dios, aún con ser gratuito, requiere de una apertura de corazón, es necesario saber pedir perdón, y dar perdón, pero sobre todo aceptar el perdón. Para aceptar el perdón tenemos que dejar fluir de nuestra alma la contraparte de la soberbia; que es la humildad y la modestia, dones que subliman al espíritu y lo llevan a la auténtica santidad a través del perdón.

Pregúntate si ¿serías capaz de implorar el perdón para aquel que estás viendo cómo comete el error? ¿serías capaz de ir más lejos y pedir perdón a Dios por él, cuando su error te está lesionando, cuando sabes que te está traicionando, quitándote el puesto, o bloqueando tu camino?, es duro, es muy difícil, pero la humildad y la modestia, te acercan al Amor infinito de Dios y cuando das el perdón, te liberas, pues, el perdón es la única forma de destruir el mal, de arrancarlo del corazón de una vez y para siempre, es Verdad Divina.

Purifica tu corazón da esa apertura al Amor que es capaz de perdonar y perdonar es olvidar. Olvidar completamente el agravio recibido para poder decir como Jesús: “Padre, perdónalos” y perdónanos cuando no sabemos lo que hacemos y también cuando lo sabemos, pues tu misericordia es infinita, sólo permítenos reflexionar en tu Amor que es Verdad Eterna.

Reflexión.- Para entender que el perdón es el camino del Amor, una vez que ya descubrimos el miedo o falta de Fe, que estamos conscientes de que tenemos que vencer el egoísmo, para no aceptar el odio y el rencor y sobre todo no caer en la soberbia, tenemos que reflexionar ¿por qué es difícil perdonar?

Anthony de Mello, en su libro “La Oración de la Rana”, nos dice: “Si lo comprendemos todo, lo perdonas todo y sólo existe el perdón cuando te das cuenta de que, en realidad, no tienes nada que perdonar”.

¿Te has puesto a pensar alguna vez que no puedes perdonar porque esa culpa es un reflejo de tu propia culpa?; cuando somos lastimados, ofendidos o ultrajados, entramos en conflicto con nuestra alma y muchas de las veces hasta en nuestra vejez, y como “espejos”, reflejamos actitudes y conductas dañinas que no nos permiten perdonar.
Para poder perdonar como nos lo dice Anthony de Mello, es necesario perdonarnos primero nosotros mismos de esa “culpa”, que hemos “arrastrado”, desde siempre. Empecemos por entender ¿qué es la culpa? La culpa es un sentimiento que nos oprime, nos angustia, nos llena de pesares, es una carga constante, ya que la culpa es un sentimiento que creamos mentalmente cuando nos damos cuenta de algo que hicimos y que no se ajusta a nuestra conducta moral.

Esas actitudes que nos hacen sentir fuera de armonía, y como espejos las reflejamos con hirientes palabras y acciones, contra los seres que amamos a los cuales los hacemos nuestros enemigos, sin darnos cuenta de que esa culpa sólo es producto de nuestra ignorancia al desconocer los efectos de nuestras actitudes.

Cuando no entendemos esas actitudes negativas, producto de esa culpa que vamos arrastrando, la cual se convierte en un imán secreto dentro de nosotros mismos, que atrae todo lo negativo, y por ello no podemos distinguir un montículo de una montaña, y es entonces cuando reflejamos toda nuestra parte negativa y nublamos nuestro entendimiento y entonces no podemos comprender a nuestros semejantes y por tal motivo no podemos tampoco perdonar, porque lo que más nos molesta en los demás son las actitudes o las conductas que nosotros albergamos a niveles inconscientes, por ello reaccionamos de la misma manera negativa.

Respuesta.- Rompamos con esas actitudes negativas que nublan la razón y el entendimiento, analizando esos sentimientos internos que nos torturan desde el subconsciente, con esa culpa que no nos permite perdonar.

Hay culpas irracionales y culpas racionales; entra en el desierto de tu corazón y reconoce con humildad, de qué tipo es tu culpa.

Las culpas irracionales son aquellas que nos han hecho sentir culpables de algo que NO somos culpables, por ejemplo; cuantas veces no te has culpado por el divorcio de tus padres, por la enfermedad de un ser querido, cuando en un momento de tu infancia o adolescencia fuiste violado o violada, incluso por la muerte de un ser querido. Todas estas causas son ajenas a ti, son situaciones o decisiones en las cuales tú no pudiste hacer nada, por tanto son culpas que tú mismo has creado.

La culpa racional es la que ocasionamos realmente por una actitud de apego, de deseo, de envidia, producto de nuestra ignorancia y desamor, y que la mayoría de las veces tratamos de justificar “reflejándola” en los demás, y no podemos perdonar, creando un verdadero conflicto fraternal.

Una vez que has identificado el tipo de tu culpa, ACÉPTALA, recuerda que “el remordimiento consume como fuego al culpable”, y toma la decisión de no volverla a cometer, y con humildad perdónate, y perdona a los demás, recuerda “el perdón beneficia al que perdona”.

El resentimiento sólo destruye al resentido, por ello no puede haber error más grande que fomentar el resentimiento, perdonar equivale a liberarse de un gran peso, a sanar de un tumor canceroso, no existen terapias tan liberadoras como el perdón.

Piensa y siente que el perdón es una radiación del Amor Divino y de la Misericordia; fluye a través del Universo por el camino del Amor, sólo abre tu corazón a ese fluir de Perdón de Dios, que nos invita a perdonar; si aún así te es difícil, entonces coloca a tu “enemigo”, en el centro de tu mente y en plena intimidad con Jesús Nuestro Señor, trata de mirarlo con los ojos de Jesús, abrazarlo con los brazos de Jesús, sentirlo con el corazón amoroso de Jesús, tú y él son uno en Jesús, y verás que no hay ofensa que perdonar porque todo está olvidado y tu corazón reboza en el Camino del Amor y de la Paz.